Hoy no marchamos por nostalgia ni por ritual. Marchamos porque el presente arde y el futuro nos lo quieren arrebatar. Marchamos porque el trabajo sigue siendo explotación, porque la obediencia se nos impone como virtud, y porque la dignidad aún se negocia en mercados que nunca elegimos.
El viejo mundo —el de la jerarquía,
la sumisión y el miedo— se resquebraja bajo nuestros pasos. No lo
empujamos por capricho, sino por necesidad. Cada jornada laboral
precaria, cada derecho recortado, cada vida subordinada al beneficio de
unos pocos confirma que no hay reforma suficiente dentro de este
sistema.
No hay futuro sin desobediencia.
Desobedecer es recordar que no
nacimos para obedecer órdenes injustas. Es negarse a aceptar que la vida
se reduzca a sobrevivir. Es organizarnos sin amos, construir sin
permisos, resistir sin miedo. La desobediencia no es caos: es la semilla
de un orden nuevo, nacido desde abajo, horizontal, solidario y libre.
Frente a quienes nos quieren aisladas, elegimos la comunidad. Frente a quienes nos quieren dóciles, elegimos la acción directa. Frente a quienes nos quieren cansadas, elegimos la lucha compartida.
Paz. Trabajo. Revolución.
Hablar de paz hoy no es ingenuidad:
es una urgencia. Vivimos en un mundo atravesado por guerras abiertas y
conflictos permanentes, donde millones de personas son desplazadas,
explotadas o sacrificadas en nombre de intereses que nunca son los
suyos. Las decisiones que conducen a la guerra se toman lejos de quienes
la sufren, en despachos donde la vida humana se reduce a cifras,
recursos o fronteras.
Nos dicen que la guerra es
inevitable, que es parte del orden del mundo, que debemos elegir bando y
aceptar sus reglas. Pero la guerra que nos imponen no es la nuestra. No
luchamos por banderas ni por mercados, ni por los beneficios de élites
políticas o económicas que jamás pisan el frente.
La paz que defendemos no es la paz del silencio, ni la paz de los cementerios, ni la paz impuesta por la fuerza. Es una paz construida desde abajo, desde la justicia social, desde la igualdad real y el fin de toda dominación. Porque no puede haber paz mientras exista explotación, mientras la riqueza de unos dependa de la miseria de otros, mientras la vida esté subordinada al poder y al beneficio.
Rechazamos un mundo donde la
violencia es negocio y la guerra una industria. Rechazamos que nuestras
vidas sean instrumentalizadas para sostener sistemas que necesitan del
conflicto para perpetuarse.
Nuestra paz nace del apoyo mutuo, de
la solidaridad entre pueblos, de la desobediencia a quienes nos empujan
al enfrentamiento. Es la paz de quienes se niegan a matar y a morir por
intereses ajenos. Es la paz que se construye organizándonos, resistiendo
y creando alternativas.
Porque luchar por la paz hoy es también luchar contra las causas que hacen la guerra posible.
Y esa lucha —colectiva, consciente, insumisa— es ya una forma de revolución.
Hoy, como ayer, el anarcosindicalismo
no pide permiso: construye alternativas. Desde los sindicatos de base,
las redes de apoyo mutuo, las huelgas, las okupaciones, las
cooperativas, las calles. Allí donde haya explotación, habrá
resistencia. Allí donde haya obediencia, habrá rebeldía.
Que tiemblen quienes sostienen este mundo viejo.
Que se escuchen nuestras voces en cada trabajo en cada barrio, en cada rincón.
Porque no esperamos el futuro:
lo estamos creando.
¡Viva el Primero de Mayo!
¡Viva la lucha de la clase trabajadora!
¡Por la anarquía y el apoyo mutuo!